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Después de mí, «naide»…

Después de mí, «naide»…

02 Agosto 2026

 Artículo de opinión de Juan M Quiros

 

 

 

 

 



 
 
Ya lo dijo El Guerra en una de sus célebres sentencias taurinas: «Después de mí, naide». Pues después de Morante, «naide» por los siglos de los siglos.
 
Los que tuvimos la inmensa suerte de estar ayer en la Plaza Real asistimos a otra lección de torería. Una más. Otra para los anales de la historia. Porque lo que hizo Morante ayer con el cuarto toro de Álvaro Núñez es de una dimensión que solo está al alcance de los genios. Y, pese a quien pese, estamos ante uno de los mayores genios que ha dado la tauromaquia.
 
La tarde, sin ser de relumbrón, estaba entretenida. Sin llegar al acabose. Morante estuvo bien y aseado con su primero; Talavante no le anduvo a la zaga y Ortega, más de lo mismo: mucho apuntar y poco disparar.
 
Y salió el cuarto.
 
Un toro nada del otro mundo, justo de presentación, algo bastito. Un toro que, en otra época, Morante probablemente habría «aliñado» y quitado de en medio en un santiamén.
 
Se le pegó fuerte en varas: tres puyazos. En banderillas se puso peligroso y cortaba por los dos pitones. La cosa pintaba en bastos.
 
El que más y el que menos ya se imaginaba la historia.
 
Y el respetable —esos que no han visto convertir el agua en vino como yo he visto convertirla tantas veces al de La Puebla— ya estaba con la cantinela de siempre.
 
«¡Mangante!», se escuchó desde el 6.
 
El vecino de abajo poniendo el grito en el cielo. El de mi izquierda, lo menos que le decía era bonito. Y el de la derecha… para qué te voy a contar.
 
Y yo, aguantando mecha.
 
«Qué sabrán estos de toros…», pensaba. Aunque, bien mirado, tampoco yo soy quién para dar lecciones.
 
Pero uno que ha visto tantos milagros del diestro cigarrero no perdía la esperanza.
 
Y vaya si acerté.
 
Cómo metió al de Núñez en el canasto. Qué manera de enseñarle a embestir. Sin prisas. Uno por aquí, otro por allí. Poco a poco, el toro empezó a pasar.
 
Y cuando el Genio se puso a torear, puso de acuerdo a todos los aficionados. Incluso a los más antimorantistas, porque yo vi ayer a más de uno pegando saltos en los tendidos.
 
¡Qué manera de templar! ¡De mandar! ¡De torear!
 
Y qué manera de cruzarse, de ponerse en el sitio, de torear con el pecho, con la cintura y con las muñecas.
 
Mi abono ya está más que pagado.
 
Después del éxtasis salió posiblemente el toro de la temporada en El Puerto. Un toro de bandera. Un animal de una clase excepcional. Y había que estar a la altura.
 
Y el Tala lo estuvo.
 
Faena vibrante, de muchos quilates, con series con la mano izquierda sencillamente sublimes. Una faena a la altura de un toro al que el público pidió el indulto con muchísima fuerza.
 
Lo de Ortega, más de lo mismo. Otro año más que pasa por El Puerto con más pena que gloria. Mucho toreo de capa, eso sí, delicatessen. Pero después, cuando llega la hora de la verdad, todo se diluye.
 
Mención aparte para el palco
 
Si queremos una plaza seria, hay que ser serios. Y si hay que aguantar, se aguanta.
 
Lo que no podemos pretender es tener una plaza de categoría, con caché, y que el palco parezca una tómbola.
 
¿Que el toro de Núñez fue espectacular? Pues sí.
 
¿Que humillaba e hizo el avión? También.
 
¿Que tuvo casta y bravura? Muchísima.
 
Pero a los toros hay que picarlos en el caballo. Y no hacerles un rasguño.
 
Lo que me preocupa del palco son las dos varas de medir. La falta de equidad entre unos presidentes y otros. No se puede ser un día duro y serio y al siguiente convertir el palco en una tómbola.
 
Quizás el único error del palco ayer fue no conceder la primera oreja a Talavante, cuando la petición fue muy parecida a la del primer toro.
 
Así lo vi y así lo cuento.
 
El que quiera más, que vaya hoy a los toros.
 

 

Eso sí… si tiene entrada.
 
Juan M. Quiros


 






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